El temor a la soledad y el abandono distorciona las relaciones, de tal manera que con frecuencia las personas no saben si actúan por amor o por miedo. Por ejemplo un hombre maduro decía acerca de su niñez: “Yo era tan buen hijo y quería tanto a mi padre, que siempre lo esperé a la salida de los sitios en los que se emborrachaba, para llevarlo sano y salvo a casa”. Este relato produce en la mayoría de las personas admiración y ternura, pero rara vez se preguntan por las consecuencias que esta experiencia dejó en la vida del chico. |
Pues bien se niño se convirtió en un hombre sencible y bueno que dedicó su vida a seguir cuidando adictos. Se casó con una mujer adicta y tuvo un hijo adicto. Pero, sobretodo, no entendía su gran miedo a ser abandonado. Él siempre había estado junto a su padre. No percibía que la función de protección y cuidado que correspondía al padre, la ejerció él. Le tocó ser el padre del padre, de allí su sensació de abandono.
Crecer junto a un padre o una madre alcohólicos hace que los hijos tengan la sencación de vivir sin apoyo. Cuando la persona está sobria, se vive en un mundo diferente del que surge cuando consume. En ese último, lo real desaparece. Para el hijo todo puede cambiar de un momento a otro. La seguridad se esfuma y da paso a la incertidumbre, la rabia y la vergüenza.
Cada vez que un hijo tiene que pasar por encima de sus necesidades de protección y cuidado para encargarse prematuramente de las de su progenitor ( a persar de volverse muy hábil en esta tarea de ser autosuficiente y emprendedor), en el fondo de su corazón pierde la seguridad de ser amado, no espera que alguien lo cuide, ya no distingue cuándo actúa por miedo y cuándo por amor.
Cada vez que un hijo recibe de su madre cuidado y protección, será capaz de pedir al mundo el amor que se merece y no se conformará con menos.